Su cara irradiaba crueldad, unos verdaderos monstruos llamados guerrilla
En Colombia se llenan la boca hablando de derechos, pero derecho a
qué, si no que decir de Yorlady Urrea Gonzales, una niña de tan solo 9 años a
la cual le toco salir huyendo de su casa por culpa del conflicto armado.
Esto la llevo a truncar sus sueños y
esperanzas de vivir feliz junto a su familia en un ambiente lleno de
tranquilidad y días esplendorosos con su fresca primavera, rodeada por flores
con olor a Jazmín, ríos caudalosos de aguas cristalinas; donde todas las tardes
solía descansar y soñar a ser grandes junto a sus hermanos, amigos y vecinos,
pero en eso quedo, en un lindo y maravilloso sueño.
Hoy nada de esto existe, en consecuencia se
encuentra sumergida en una ciudad de pocas oportunidades tras convertirse en
una más de las desplazadas del país, ella como otros desplazados han amanecido
con la esperanza de que hoy esa puerta a un mejor futuro si se abra, así mismo
los dineros y las ayudas que promete el Estado, por radio y televisión, lleguen
hasta sus vidas y de alguna manera terminen con su odisea.
Cierto día se encontraba en su hogar, una gran casa de
bareque con un jardín que rodeaba el frente y en las inmediaciones se
encontraba una “ramada”, en la cual se hallaba un trapiche para moler cañas de
azúcar, unos de los predios más grandiosos de la vereda, con unas 50 hectáreas
repartidas para ganadería y cultivos de café, caña de azúcar entre otros; por
ende, todas las madrugabas desde las dos su padre y demás trabajadores,
comenzaban su jornada hasta que cayera el ocaso e incluso algunas veces no
lograban cerrar su ojos por la ardua labor que esta implicaba.
Una de esas largas jornadas de duro y arduo trabajo se escucho
por primera vez aquellos pasos agigantados acercándose hacia sus tierras, unas
sombras oscuras, con trapos en su cara que a duras penas les permitían
respirar, unas sombras engañosas vestidas de militares y armadas hasta los
dientes, quienes con sus voces amenazantes solo pedían un plato de comida;
“Poco a poco estas sombras pasaron a ser parte de nuestra familia”, puesto que estos
jinetes de la muerte continuamente llegaban a comer, a lavar ropa e incluso a
bañarse como lo hace “Pedro por su casa”; a esta edad, Yorlady no conocía la
maldad por lo cual los consideraba soldados del Estado; no entendía porque su
madre le prohibía el trato con estos individuos y porque al llegar ellos la
hacían esconder bajo las camas.
El nueve de agosto entre labores del campo y quehaceres
del hogar aquellas sombras oscuras por fin mostraron su rostro, en su cara
irradiaban crueldad, unos verdaderos monstros llamados guerrilla, los cuales
instalaron dos cargas explosivas en la torre de energía, la cual quedaba a unos
100 metros de su casa, con tres kilos de pentonita en cada carga, se escuchó un
terrible y estrepitoso estruendo, las cargas habían sido detonadas; en medio
del shock y el aturdimiento causado por la explosión, ella salió corriendo
junto a su padre a esconderse a ese fétido horganal, bañado por el estiércol de
los marranos y el pantano de las lluvias. amedrentados, desde allí observaban
como las torres se desvanecían lentamente junto a sus esperanzas, apagando
luces, luces de anhelo quizá difíciles de volver a encender en medio de esa
lucha incansable por obtener el poder, viendo correr a esos monstruos con sus
rostros llenos de felicidad por el golpe dado.
Ni ella, ni su familia sienten
que sean culpables de nada, pero sin querer estaban inmersos en medio de las
balas, en medio de esa disputa territorial por la posesión de tierras, por
parte de los grupos armados al margen de la ley, que a su paso deja victimas,
que por lo general son poblaciones de origen campesino.
El miedo de estar inmerso en una guerra ajena no fue suficiente
para detenerlos, pero fue ese 12 de agosto, cuando los paramilitares y sus
fusiles definitivamente amedrentaron su mundo y tranquilidad, a eso de las 5 de
la tarde tocaron a su puerta, al abrir se dieron cuenta que eran esos temibles
jinetes de la muerte, quienes sin más ni-menos con el pretexto de ser ayudantes
de la guerrilla les dieron tres horas para despojar el lugar; de no ser así, serian aniquilados “del miedo
salimos corriendo con lo que teníamos puesto. Bajamos al pueblo caminando en dos
horas, no sé cómo hicimos, pero del susto uno solo piensa en llegar y pues la
vereda del pueblo queda a tres horas”, Asevero
Yorlady.
Diecisiete años han pasado y Yorlady, sigue esperando algún día volver a
esas tierras donde parte de su infancia vivió con sus amigos y hermanos entre
juegos y alegrías hasta ese factible 12 de agosto, pero eso será imposible “Mi
padre desesperado por la desunión familiar y la falta de ingresos; prácticamente
regalo el terreno”. A Gustavo antes del
desplazamiento, un señor de la vereda le ofrecía 90 millones de pesos por la
finca, y en medio de ese desespero la vendió en 15 millones.
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