martes, 22 de abril de 2014

Su cara irradiaba crueldad, unos verdaderos monstruos llamados guerrilla

En Colombia se llenan  la boca hablando de derechos, pero derecho a qué, si no que decir de Yorlady Urrea Gonzales, una niña de tan solo 9 años a la cual le toco salir huyendo de su casa por culpa del conflicto armado.

Esto la llevo a truncar sus sueños y esperanzas de vivir feliz junto a su familia en un ambiente lleno de tranquilidad y días esplendorosos con su fresca primavera, rodeada por flores con olor a Jazmín, ríos caudalosos de aguas cristalinas; donde todas las tardes solía descansar y soñar a ser grandes junto a sus hermanos, amigos y vecinos, pero en eso quedo, en un lindo y maravilloso sueño.

Hoy nada de esto existe, en consecuencia se encuentra sumergida en una ciudad de pocas oportunidades tras convertirse en una más de las desplazadas del país, ella como otros desplazados han amanecido con la esperanza de que hoy esa puerta a un mejor futuro si se abra, así mismo los dineros y las ayudas que promete el Estado, por radio y televisión, lleguen hasta sus vidas y de alguna manera terminen con su odisea. 

Cierto día se encontraba en su hogar, una gran casa de bareque con un jardín que rodeaba el frente y en las inmediaciones se encontraba una “ramada”, en la cual se hallaba un trapiche para moler cañas de azúcar, unos de los predios más grandiosos de la vereda, con unas 50 hectáreas repartidas para ganadería y cultivos de café, caña de azúcar entre otros; por ende, todas las madrugabas desde las dos su padre y demás trabajadores, comenzaban su jornada hasta que cayera el ocaso e incluso algunas veces no lograban cerrar su ojos por la ardua labor que esta implicaba.

Una de esas largas jornadas de duro y arduo trabajo se escucho por primera vez aquellos pasos agigantados acercándose hacia sus tierras, unas sombras oscuras, con trapos en su cara que a duras penas les permitían respirar, unas sombras engañosas vestidas de militares y armadas hasta los dientes, quienes con sus voces amenazantes solo pedían un plato de comida; “Poco a poco estas sombras pasaron a ser parte de nuestra familia”, puesto que estos jinetes de la muerte continuamente llegaban a comer, a lavar ropa e incluso a bañarse como lo hace “Pedro por su casa”; a esta edad, Yorlady no conocía la maldad por lo cual los consideraba soldados del Estado; no entendía porque su madre le prohibía el trato con estos individuos y porque al llegar ellos la hacían esconder bajo las camas. 

El nueve de agosto entre labores del campo y quehaceres del hogar aquellas sombras oscuras por fin mostraron su rostro, en su cara irradiaban crueldad, unos verdaderos monstros llamados guerrilla, los cuales instalaron dos cargas explosivas en la torre de energía, la cual quedaba a unos 100 metros de su casa, con tres kilos de pentonita en cada carga, se escuchó un terrible y estrepitoso estruendo, las cargas habían sido detonadas; en medio del shock y el aturdimiento causado por la explosión, ella salió corriendo junto a su padre a esconderse a ese fétido horganal, bañado por el estiércol de los marranos y el pantano de las lluvias. amedrentados, desde allí observaban como las torres se desvanecían lentamente junto a sus esperanzas, apagando luces, luces de anhelo quizá difíciles de volver a encender en medio de esa lucha incansable por obtener el poder, viendo correr a esos monstruos con sus rostros llenos de felicidad por el golpe dado. 

Ni ella, ni su familia sienten que sean culpables de nada, pero sin querer estaban inmersos en medio de las balas, en medio de esa disputa territorial por la posesión de tierras, por parte de los grupos armados al margen de la ley, que a su paso deja victimas, que por lo general son poblaciones de origen campesino.

El miedo de estar inmerso en una guerra ajena no fue suficiente para detenerlos, pero fue ese 12 de agosto, cuando los paramilitares y sus fusiles definitivamente amedrentaron su mundo y tranquilidad, a eso de las 5 de la tarde tocaron a su puerta, al abrir se dieron cuenta que eran esos temibles jinetes de la muerte, quienes sin más ni-menos con el pretexto de ser ayudantes de la guerrilla les dieron tres horas para despojar el lugar; de  no ser así, serian aniquilados “del miedo salimos corriendo con lo que teníamos puesto. Bajamos al pueblo caminando en dos horas, no sé cómo hicimos, pero del susto uno solo piensa en llegar y pues la vereda del pueblo queda a tres horas”,  Asevero Yorlady.

Diecisiete años han pasado y Yorlady, sigue esperando algún día volver a esas tierras donde parte de su infancia vivió con sus amigos y hermanos entre juegos y alegrías hasta ese factible 12 de agosto, pero eso será imposible “Mi padre desesperado por la desunión familiar y la falta de ingresos; prácticamente regalo el terreno”.  A Gustavo antes del desplazamiento, un señor de la vereda le ofrecía 90 millones de pesos por la finca, y en medio de ese desespero la vendió en 15 millones. 

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