Lágrimas de un funeral que nunca existió
Esta historia no nació en este
valle de color ladrillo. Esta historia nació en un valle de verdes montañas
salpicadas por la sangre de hombres, mujeres y niños indefensos ante la
ferocidad de la guerra.
Martha Osorio llegó a Medellín
hace 26 años. Es oriunda de San Rafael, un municipio ubicado al oriente de
Antioquia. Donde la guerra reclamó la vida de personas culpables de callar y
ocupar la tierra donde nacieron. “no es justo que ellos lo mataran
porque no quiso entregar las escrituras de la finca que era de nosotros, lo que
habíamos heredado de sus padres, recién él me había tomado en santo matrimonio”
Doña Martha es otra víctima de la
guerra que existe en Colombia desde hace 50 años. Una lucha del poder imperioso
del Estado contra el llamado ejército del pueblo, la guerrilla. Esta es otra
historia para sumar a las tantas que se escriben en la prensa, las que narran
los noticieros y que han llegado incluso a la pantalla grande.
Estoy en la estación San Antonio
del Metro de Medellín, ya he recorrido 4 estaciones desde Caribe. Es jueves y
son las 8:15 p.m. me dirijo a la 70 porque en aquel lugar tengo una cita con
Osorio. Ella me espera en la esquina donde la conocí hace 40 noches. Con 50
años esta mujer no desfallece ante la dureza de la vida. Sabe de economía y
derecho civil, no los estudió pero sí sus dos hijos Andrés y Mauricio. Andrés, el menor, le ayuda con las cuentas de
su negocio de comidas rápidas, está en el último semestre de contaduría pública
en la Universidad de Antioquia. Mauricio es abogado de la misma universidad y
lleva el caso más importante de sus vidas, la muerte de su padre.
Asesinado por las balas que
salían de la recámara de un fusil AK47, disparado por un guerrillero que solo
recibía la orden de su comandante. Fue en la madrugada, de rodillas y mirando
con dolor a su esposa que no sabía por qué tenía que ser él. Corriendo y
esquivando la muerte Marta y sus pequeños tuvieron que salir de allí la madrugada
del 24 de febrero de 1996 con los harapos que llevaban puestos. Dejar la finca,
los cultivos de maíz a punto de cosechar, las vacas, las gallinas, dejar el
cuerpo sin vida de Carlos Andrés Valencia Rojas.
Son las 9.05 p.m. y estoy caminando por la acera de la 70. A lo lejos
veo a doña Martha moviéndose rápidamente entre sus clientes y con una sonrisa
que borra la desgracia que intenta reducir su vida del pasado. Una adorable
mujer que aún conserva su estirpe de campesina aunque la ciudad quiera robarle
la ilusión de terminar sus días en el pueblo donde nació esta historia.
Me acerco a su carrito de comidas
y de inmediato me recuerda sin saber que esta noche voy en busca de sus
palabras. Solo me dice: “joven bien pueda siéntese, que bueno volverla a ver
por acá”. En aquel momento me siento como uno de sus clientes. Solo había ido
una vez y ella ya me recordaba.Entonces, le hice una pregunta
que no estaba en mi libreta de apuntes. –doña Martha: ¿usted cómo hace para
estar siempre tan alegre? No dudo en responder: “¡solo Dios sabe mi muchacha!” Así
di comienzo a la entrevista o más bien a la oratoria del sufrimiento.
Dejé la
grabadora en el bolsillo de mi chaqueta para no intimidarla, en mi mano solo
tenía la libreta y un lápiz fingiendo que todo lo escribía. Pero lo único que
hice fue escuchar la historia de su vida.
La sonrisa que cubría su rostro
desapareció con la remembranza de aquella madrugada y las noches calladas que
le sucedieron. En su mente reposa la figura de su esposo Carlos, una persona
trabajadora, excelente esposo, gran padre y por supuesto todo un buen mozo como
ella misma lo describe dejando escapar un suspiro entre lágrimas.
“llegar a Medellín sin un peso,
con hambre, sin donde dormir y con dos niños me hizo pensar que la vida no
valía nada y la única solución era morir. La desesperación de llegar a una
ciudad desconocida. Es que fueron varios días, sentada en una esquina de la
Avenida Oriental con la Playa. Durmiendo entre costales, cartones y con el
dolor de saber que no podía regresar a mi tierrita porque correría la misma
suerte de mi querido Carlos. Esa maldita guerra se llevó mi vida.”
Me detengo y enciendo un
cigarrillo; traigo a mi mente las historias que escuché en la radio, las
noticias que leí en la prensa y los rostros de las familias campesinas que se
hacinan en el centro de la ciudad como mendigos. Imagino a Martha frágil a la
intemperie de la inocencia y a la espera de encontrar cualquier oportunidad
para darle una vida digna a sus hijos.
“Era de noche, desperté en medio
de la lluvia en una calle del centro, Andrés y Mauricio lloraban ardidos en
fiebre. Entonces me di cuenta que los niños se me estaban enfermando de
aguantar hambre, de dormir entre cartones y expuestos al frio. Los cogí y
arranqué con ellos para la clínica Medellín, donde me atendieron a las 8 de la
mañana del día siguiente y cuando la fiebre ya les había bajado. Pero por lo
menos estaban en un lugar seco y cálido”
Esa mañana la vida de Martha y
sus niños pasó de un extremo a otro. En el momento para
mal, pero ahora ella agradece por lo que le hicieron. Cuando salía de la habitación
donde quedaron los niños hospitalizados porque ya estaban a punto de
desnutrirse, era abordada por representantes del Instituto Colombiano de
Bienestar Familiar. “señora: sus hijos están ahora bajo la protección del
Estado”. Solo eso le dijeron sin preguntar por qué estaban en esas condiciones,
sin saber que Martha era una mujer víctima del desplazamiento forzado y sin
tener en cuenta lo que iba a ser de ella.
“yo sabía que los querían proteger
y cuidar, pero no podía entender lo que pasaba y solo quería tenerlos a mi
lado. Yo gritaba y lloraba como lo hice la madrugada en que mataron a mi
esposo. Pero no pude hacer nada, ¡ellos me los quitaron!”.
Andrés y Mauricio volvieron con
su madre el 10 de Noviembre de 2005. Ocho años después cuando un fallo de la
corte le dio nuevamente la custodia de sus hijos. Para lograrlo trabajó muy
duro, porque desde el día en que ellos quedaron bajo la protección del Estado
buscó trabajo durante meses hasta que conto con la suerte de poder trabajar
haciendo oficios varios en una casa de familia al norte de la ciudad. Vivía en
una piecita del barrio Santo Domingo, donde llegan la mayoría de familias
desplazadas de todo el Departamento.
“Poco a poco logré salir
adelante. Cuando me quedé sin trabajo porque los Sepúlveda se fueron a vivir a
Cali yo tenía mis ahorros y ya estaba viviendo con mis niños en Copacabana,
donde todavía vivimos. Así que con una vecina montamos este negocio. De aquí le
he dado estudio a mis muchachos, compré mi casa y ahora más que nada me da para
darme unos lujitos porque ya mis hijos me mantienen como una princesa. –diciendo
esto con una risa irónica, como si hubiese olvidado lo que me acababa de
contar- ellos dicen que trabajo porque quiero, pero no puedo ser desagradecida
con Dios y debo seguir trabajando hasta que llegue la hora de ir a acompañar a
Carlos.
Cuando la violencia ceso en el
Oriente de Antioquia, Doña Martha, Andrés y Mauricio volvieron al municipio de
San Rafael y en el cementerio encontraron la tumba de Carlos, el esposo y el
padre que se marchó al cielo sin que la vida les diera la oportunidad de
despedirse de él y ni siquiera de decirle que lo amaban. Las lágrimas
derramadas en un funeral que nunca existió y el duelo que viste de luto el
corazón.