martes, 13 de mayo de 2014

Lágrimas de un funeral que nunca existió

Esta historia no nació en este valle de color ladrillo. Esta historia nació en un valle de verdes montañas salpicadas por la sangre de hombres, mujeres y niños indefensos ante la ferocidad de la guerra.

Martha Osorio llegó a Medellín hace 26 años. Es oriunda de San Rafael, un municipio ubicado al oriente de Antioquia. Donde la guerra reclamó la vida de personas culpables de callar y ocupar la tierra donde nacieron. “no es justo que ellos lo mataran porque no quiso entregar las escrituras de la finca que era de nosotros, lo que habíamos heredado de sus padres, recién él me había tomado en santo matrimonio”

Doña Martha es otra víctima de la guerra que existe en Colombia desde hace 50 años. Una lucha del poder imperioso del Estado contra el llamado ejército del pueblo, la guerrilla. Esta es otra historia para sumar a las tantas que se escriben en la prensa, las que narran los noticieros y que han llegado incluso a la pantalla grande.

Estoy en la estación San Antonio del Metro de Medellín, ya he recorrido 4 estaciones desde Caribe. Es jueves y son las 8:15 p.m. me dirijo a la 70 porque en aquel lugar tengo una cita con Osorio. Ella me espera en la esquina donde la conocí hace 40 noches. Con 50 años esta mujer no desfallece ante la dureza de la vida. Sabe de economía y derecho civil, no los estudió pero sí sus dos hijos Andrés y Mauricio. Andrés, el menor, le ayuda con las cuentas de su negocio de comidas rápidas, está en el último semestre de contaduría pública en la Universidad de Antioquia. Mauricio es abogado de la misma universidad y lleva el caso más importante de sus vidas, la muerte de su padre.

Asesinado por las balas que salían de la recámara de un fusil AK47, disparado por un guerrillero que solo recibía la orden de su comandante. Fue en la madrugada, de rodillas y mirando con dolor a su esposa que no sabía por qué tenía que ser él. Corriendo y esquivando la muerte Marta y sus pequeños tuvieron que salir de allí la madrugada del 24 de febrero de 1996 con los harapos que llevaban puestos. Dejar la finca, los cultivos de maíz a punto de cosechar, las vacas, las gallinas, dejar el cuerpo sin vida de Carlos Andrés Valencia Rojas.

Son las 9.05 p.m. y estoy  caminando por la acera de la 70. A lo lejos veo a doña Martha moviéndose rápidamente entre sus clientes y con una sonrisa que borra la desgracia que intenta reducir su vida del pasado. Una adorable mujer que aún conserva su estirpe de campesina aunque la ciudad quiera robarle la ilusión de terminar sus días en el pueblo donde nació esta historia. 
    
Me acerco a su carrito de comidas y de inmediato me recuerda sin saber que esta noche voy en busca de sus palabras. Solo me dice: “joven bien pueda siéntese, que bueno volverla a ver por acá”. En aquel momento me siento como uno de sus clientes. Solo había ido una vez y ella ya me recordaba.Entonces, le hice una pregunta que no estaba en mi libreta de apuntes. –doña Martha: ¿usted cómo hace para estar siempre tan alegre? No dudo en responder: “¡solo Dios sabe mi muchacha!” Así di comienzo a la entrevista o más bien a la oratoria del sufrimiento. 

Dejé la grabadora en el bolsillo de mi chaqueta para no intimidarla, en mi mano solo tenía la libreta y un lápiz fingiendo que todo lo escribía. Pero lo único que hice fue escuchar la historia de su vida.
La sonrisa que cubría su rostro desapareció con la remembranza de aquella madrugada y las noches calladas que le sucedieron. En su mente reposa la figura de su esposo Carlos, una persona trabajadora, excelente esposo, gran padre y por supuesto todo un buen mozo como ella misma lo describe dejando escapar un suspiro entre lágrimas.

“llegar a Medellín sin un peso, con hambre, sin donde dormir y con dos niños me hizo pensar que la vida no valía nada y la única solución era morir. La desesperación de llegar a una ciudad desconocida. Es que fueron varios días, sentada en una esquina de la Avenida Oriental con la Playa. Durmiendo entre costales, cartones y con el dolor de saber que no podía regresar a mi tierrita porque correría la misma suerte de mi querido Carlos. Esa maldita guerra se llevó mi vida.”

Me detengo y enciendo un cigarrillo; traigo a mi mente las historias que escuché en la radio, las noticias que leí en la prensa y los rostros de las familias campesinas que se hacinan en el centro de la ciudad como mendigos. Imagino a Martha frágil a la intemperie de la inocencia y a la espera de encontrar cualquier oportunidad para darle una vida digna a sus hijos.

“Era de noche, desperté en medio de la lluvia en una calle del centro, Andrés y Mauricio lloraban ardidos en fiebre. Entonces me di cuenta que los niños se me estaban enfermando de aguantar hambre, de dormir entre cartones y expuestos al frio. Los cogí y arranqué con ellos para la clínica Medellín, donde me atendieron a las 8 de la mañana del día siguiente y cuando la fiebre ya les había bajado. Pero por lo menos estaban en un lugar seco y cálido”  

Esa mañana la vida de Martha y sus niños pasó de un extremo a otro. En el momento para mal, pero ahora ella agradece por lo que le hicieron. Cuando salía de la habitación donde quedaron los niños hospitalizados porque ya estaban a punto de desnutrirse, era abordada por representantes del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. “señora: sus hijos están ahora bajo la protección del Estado”. Solo eso le dijeron sin preguntar por qué estaban en esas condiciones, sin saber que Martha era una mujer víctima del desplazamiento forzado y sin tener en cuenta lo que iba a ser de ella.

“yo sabía que los querían proteger y cuidar, pero no podía entender lo que pasaba y solo quería tenerlos a mi lado. Yo gritaba y lloraba como lo hice la madrugada en que mataron a mi esposo. Pero no pude hacer nada, ¡ellos me los quitaron!”.

Andrés y Mauricio volvieron con su madre el 10 de Noviembre de 2005. Ocho años después cuando un fallo de la corte le dio nuevamente la custodia de sus hijos. Para lograrlo trabajó muy duro, porque desde el día en que ellos quedaron bajo la protección del Estado buscó trabajo durante meses hasta que conto con la suerte de poder trabajar haciendo oficios varios en una casa de familia al norte de la ciudad. Vivía en una piecita del barrio Santo Domingo, donde llegan la mayoría de familias desplazadas de todo el Departamento.

“Poco a poco logré salir adelante. Cuando me quedé sin trabajo porque los Sepúlveda se fueron a vivir a Cali yo tenía mis ahorros y ya estaba viviendo con mis niños en Copacabana, donde todavía vivimos. Así que con una vecina montamos este negocio. De aquí le he dado estudio a mis muchachos, compré mi casa y ahora más que nada me da para darme unos lujitos porque ya mis hijos me mantienen como una princesa. –diciendo esto con una risa irónica, como si hubiese olvidado lo que me acababa de contar- ellos dicen que trabajo porque quiero, pero no puedo ser desagradecida con Dios y debo seguir trabajando hasta que llegue la hora de ir a acompañar a Carlos.

Cuando la violencia ceso en el Oriente de Antioquia, Doña Martha, Andrés y Mauricio volvieron al municipio de San Rafael y en el cementerio encontraron la tumba de Carlos, el esposo y el padre que se marchó al cielo sin que la vida les diera la oportunidad de despedirse de él y ni siquiera de decirle que lo amaban. Las lágrimas derramadas en un funeral que nunca existió y el duelo que viste de luto el corazón. 

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